
Mi despertar
¿En qué momento una persona se da cuenta de qué es diferente al resto? No hay una edad específica para el despertar, a algunos les ocurre en la niñez, a otros cuando
son más adultos, otros en cambio lo descubren en su vejez.
El despertar se manifiesta con mayor intensidad en la niñez, esa época en la que vemos cosas que otros no, los monstruos infantiles, las sensaciones de peligro, son señales del despertar.
A cada persona le afecta de forma diferente, unos experimentan fuertes jaquecas, otros mareos, nauseas... En general, se traduce como un malestar, y es normal, nuestro cuerpo sufre una metamorfosis, cambia, nuestros sentidos se agudizan, nuestras células se mejoran, nuestro cuerpo en general se potencia.
Claro, no todos los individuos son potenciados por igual, unos desarrollan más su físico, otros su mente, otros sus sentidos.
En mi caso, se potenció la vista pudiendo ver incluso la forma física que se ocultaba más allá del velo dimensional de los entes de Notola y Rho. Algo que ningún Dotado es capaz, ya que tras el despertar sólo son capaces de ver las sombras y las luces de estos seres.
Yo tenía apenas 12 años cuando comenzó mi despertar, a pesar de mis 5000 años, es algo que no olvidaré jamás:
Durante el festival del Heb Sed, festival que ocurría a los 30 años de coronación del faraón, durante el segundo día de la festividad, comencé a sentirme mareado, mis padres afirmaban que aquello no era más que los efectos de beber cerveza pero yo sabía que no era el caso. A pesar de mi malestar, mis hermanos y yo acudimos a ver la carrera ceremonial que realizaba el faraón y allí fue cuando mi despertar se completó.
Entre el público comencé a divisar distintas figuras alrededor. Sombras flotando alrededor de las personas, unas parecían alimentarse de estas, robando la energía de otras, por otro lado, podía divisar entes de luz que colapsaban con las sombras, a veces ganaban, otras perdían. El faraón estaba rodeado de estas sombras, tan oscuras como la madera quemada. Una vez terminó la carrera, el faraón se acercó hacia cuatro sacerdotes, no me había fijado en ellos hasta aquel momento, los sacerdotes no estaban solamente rodeados por entes de luz, sino que además, de ellos emanaba luz propia. En cuanto los sacerdotes estuvieron lo suficientemente cerca, los entes de luz atacaron las sombras. Recuerdo que sombras y luz se destruyeron mutuamente, pero la luz de los sacerdotes no expiró.
Sin entender muy bien qué estaba pasando, y con una mente inocente y curiosa, decidí escaparme para acudir al templo.
Como norma general, solo los sacerdotes podían acceder al interior del templo, pero durante esta ceremonia, el acceso estaba abierto a todos, traté de acercarme a los sacerdotes en busca de respuestas, pero la guardia real me impidió llegar hasta ellos, pues el faraón aún permanecía junto a ellos.
Recuerdo que uno de los sacerdotes me dedicó una pequeña mirada y caminó hacia mí.
-Dejadle pasar - le dijo a los guardias.
Estos dudaron, pero el faraón me permitió el paso.
-¿Qué tenemos aquí? - me preguntó en un tono cordial y cercano - ¿Debes estar lleno de preguntas verdad?
Recuerdo que me quedé atónito con aquel sacerdote, que sin saberlo, ya se había convertido en mi maestro.
El faraón me proclamó sacerdote, lo cuál no tenía sentido teniendo en cuenta mi corta edad, aunque más tarde entendería porqué:
En realidad, los sacerdotes eran Dotados como yo, el faraón conocía la existencia de la guerra de las sombras, sin embargo él no era Dotado, por ello, posicionaba a los Dotados en un nivel social elevado, mediante el cual, podían proteger su reino de estos seres.
Mi maestro me enseñó a dominar mis nuevas habilidades, me enseñó el control de la energía que en mí residía. Me traspasó su conocimiento, me enseñó a leer y escribir, así como a comprender las estrellas de nuestro cielo nocturno.
Así pasé gran parte de mi vida en Egipto, en el templo de Ra en Heliópolis, poco a poco fui reconocido por los distintos faraones que llegaron al trono como el más grande entre los sacerdotes y velé por la seguridad del reino, anteponiéndolo incluso a mi propia vida.
El tiempo pasó, y las esperanzas de que el trono fuera ocupado por alguien con nuestro don se fueron marchitando hasta que llegó ella: Cleopatra... pero esa, es otra historia.
Nammu