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Una historia de vampiros

A mi regreso a Europa, me vi forzado a hacer una parada en lo que a hoy día es conocido como Rumanía. En aquella época, era conocido como el Principado de Valaquia. 
Aquellas tierras al este de Europa eran un lugar conocido por sus pertubadoras historias sobrenaturales y las supersticiones de sus habitantes.
El principado estaba custodiado al norte por el imponente Danubio y al sur por los inexpugnables Cárpatos.
Nunca tuve intención de viajar hasta aquellas tierras, pero las inquietantes historias que contaban los vecinos de este principado me obligaron a ir.
Se contaban historias de tenebrosas criaturas, llamadas Vampiros, que drenaban la energía de los ciudadanos, seres que no salían a la luz del Sol y se ocultaban en las sombras. Normalmente no solía hacer caso de las supersticiones de las personas, a pesar de lo vivido sé diferenciar entre lo que es una mera historia de niños a lo que parece ser los actos de un Notola, pero aquella descripción encajaba perfectamente con los métodos de los Notola.
Jaral y yo nos separamos en aquel momento, él regresando a su hogar y yo continuando con mi deber.

Tomé un tren, un increíble avance que permitía movilizarse a grandes distancias en períodos relativamente cortos de tiempo, y del mismo modo, permitía mayor movilidad a los Notola y sus influencias.

Una vez en el Principado comencé mi investigación.

La mayoría de los vecinos se veían reacios a hablar sobre el tema, puesto que para ellos, mencionar el mal era invocarlo. Me costó mucho poder encontrar a alguien que realmente quisiera hablar del tema, hasta que encontré un joven, llamado Velkan.
Su juventud le hacía ignorar toda avertencia de sus mayores y él no dudó en contarme todo lo que sabía sobre aquellas historias.
Yo, que había fingido ser un escritor en busca de una buena historia que contar, anoté todos los detalles que el joven me contaba en mi cuaderno.
La historia cobraba cada vez más veracidad, pues se estaban dando casos de desapariciones, y muertes en circunstancias desconocidas, provocadas a menudo por una fuerte anemia.

Las gentes del lugar recomendaban no salir a altas horas de las madrugadas cuando la noche se volvía más oscura. Evidentemente, salí a aquellas horas a deambular por aquellas calles, en busca del Notola.

Pasé tres semanas buscando a aquella criatura, en las madrugadas, incluso comencé a ganarme la fama de ser un vampiro, buscando una presa de la que alimentarme, la gente del lugar tambiém empezó a temerme y a darme la espalda, salvo Velkan, aquel joven se sentía intrigado conmigo y a menudo se reunía conmigo para preguntarme cómo avanzaba mi supuesto libro.

Finalmente, una noche de domingo deambulando por aquellas calles, encontré a una mujer pálida, tirada en el suelo sobre un charco de sangre.
En su cuello habían marcas y la pobre, aunque viva, parecía estar drogada, musitando palabras que no yo no era capaz de comprender.
Preocupado por su salud, la llevé al hospital más cercano y decidí vigilarla.

La superstición de aquellas gentes era tal, que me acusaron a mí de la condición de aquella mujer e incluso llegué a recibir un ataque que otro, unos con mayor violencia y otros con menor. Por fortuna, aquel samurái, Yukimura, me había enseñado a dominar los elementos y minimicé cualquier daño que pudiera sufrir.

A la semana siguiente, con la Luna en todo lo alto iluminando las oscuras calles, pude dar con la criatura.
Realmente en los días de hoy el cine ha tergiversado mucho la idea real del vampiro, pues donde se ve como un ser interesante, a veces educado y culto, en realidad es una criatura de piel pálida, sin pelo, sus manos se asemejan más a una única cuchilla, sus huesos quedan marcados a través de su piel debido a la falta de musculación, su boca se asemeja a una boca humana, pero esto es sólo hasta que la abre: Para alimentarse desencaja su mandíbula y del interior de esta emerge su esófago, el cual está repleto de dientes.

La criatura intentó alimentarse de mí, pero fui más rápido que ella y esquivé el ataque inicial, descubrí que sus ataques no eran calculados, no había estrategia, carecía de inteligencia por completo y actuaba por mero instinto. Aprovechando esa situación, lo llevé hasta una callejuela sin salida, y una vez arrinconado, invoqué el kanji del fuego y quemé a ese ser.

Lanzó gritos al aire, y trató de huir, pero no permití que regresara a la cloaca de la que había salido, corté todas sus vías de ataque hasta que finalmente el fuego consumió por completo su cuerpo.
Antes de que los vecinos acudieran al lugar, debido a los gritos, escapé de la zona.

A día de hoy sé que aún quedan seres como él vivos, ocultándose en las sombras, y al menor indicio de su presencia, les daré caza.

Nammu

Historia creada por: becro

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